Miseria y muerte en la minería de Querétaro

por | Jun 4, 2013 | 0 Comentarios

 

Uno de los males principales de nuestro país es la falta de empleo, y quienes lo tienen no reciben un salario justo. Tan solo en el estado, —que ocupa el nada honroso cuarto lugar nacional de acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo— durante el primer trimestre del 2013 hubo un registro de 40 mil 820 personas sin trabajo. Lo que explica que el empleo en el sector informal abarque al 28.7 por ciento de ocupación y como consecuencia que miles de queretanos, a pesar del peligro que implica, emigren a los Estados Unidos de Norteamérica o arriesguen su vida empleándose en los terribles socavones mineros que llegan hasta los 800 metros de profundidad.

En la Sierra Gorda de Querétaro, la actividad minera se inició desde la época prehispánica con la explotación del cinabrio y mercurio con una producción variable, resurgió lentamente durante el periodo virreinal y alcanzó un auge muy importante, aunque breve, en el tercer cuarto del siglo XX, entre 1954 y 1976. Entre los principales centros mineros del estado se encuentran: Ánimas, Río Blanco, El Soyatal, Plazuela, Bucareli, Maconí, Santo Entierro, San Juan Nepomuceno, Calabacillas, Camargo, San Martín y San Antonio, de los municipios de Cadereyta de Montes, Pinal de Amoles, Peñamiller y San Joaquín principalmente.

Actualmente también se trabaja en la explotación de metales preciosos como el oro y la plata que desde el siglo XVI despertaron un especial interés entre los españoles y que hoy son explotados también por empresas inglesas y canadienses bajo condiciones extremadamente difíciles y con salarios de hambre, situación que obliga a la gente a trabajar por su cuenta utilizando técnicas artesanales y muy contaminantes. Según datos de la Secretaría de Desarrollo Sustentable de Querétaro y la Semarnat, tan solo en la explotación de mercurio existen aproximadamente 400 minas, de las cuales, 300 operan bajo la norma correspondiente y 100 se manejan de manera clandestina y sin las mínimas condiciones de seguridad.

Aquí, los gambusinos ingresan a las minas de entre los 50 y los 800 metros de profundidad, apenas con lámparas de carburo y pilas recargables, algunos de ellos con casco y un malacate. Dentro, buscan fallas en las paredes, que les permita cavar con perforadoras para sacar los trozos de roca de color rojo que contiene el metal. Cuando la perforadora no alcanza, utilizan dinamita. Así cada persona que ingresa a dichas minas carga un costal de entre 70 y 80 kilogramos de piedra en bruto que posteriormente colocan en hornos artesanales para extraer el líquido, obteniendo después de un intenso día de trabajo, aproximadamente 500 gramos que venden a los coyotes en apenas en 225 pesos.

En estas condiciones nada tiene de extraño que haya muertes como la ocurrida a un trabajador en la mina “La Fe” en noviembre de 2011, en el municipio de San Joaquín, el fallecimiento de tres mineros por asfixia en la mina “El Monito”, a una profundidad de 120 metros, en la comunidad de Plazuelas, municipio de Peñamiller en el 2012, y, entre otras, la muerte de dos mineros ocurrida recientemente al derrumbarse la mina clandestina de mercurio “El Salto” en San José Tepozán, municipio de Cadereyta, e inhalar monóxido de carbono una vez que se terminó el oxígeno por el uso de una bomba para la extracción de agua de su interior.

Lograr que las compañías nacionales y extranjeras paguen un salario justo a los trabajadores mineros, y que las autoridades de la Secretaría de Desarrollo Sustentable, Semarnat, Secretaría de Economía y la Secretaría del Trabajo vigilen y garanticen la mejoría de las condiciones de los trabajadores, parece una utopía.

La única salida que los mineros mexicanos tienen para mejorar sus condiciones de vida, está en su unidad y en su fuerza.

 

Líder estatal de Antorcha Campesina

 

http://www.eluniversalqueretaro.mx/content/miseria-y-muerte-en-la-mineria-de-queretaro

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